A MARÍA ELISA
-EN SU CUMPLEAÑOS-
Ya es distante aquel momento, pero no me olvido.
-Cual viajera infatigable- entraste en mi vida,
Temblorosa y asustada, como gota de rocío,
En las cálidas sábanas del frío hospital.
No supe qué hacer, si no estar o estar contigo,
Pero ahí estuve y tú viniste
Despertando emociones nunca jamás sentidas
Doblegando mi espíritu, recio, indomable,
A levantar mis manos y acercarte a mi pecho
Sintiendo tus latidos, aún desconocidos.
Y aunque presentía que ese instante eterno
Trastornaría mi alma embriagando de ternura
Mi seco corazón.
¡Tú pudiste ablandarme!
Tú fuiste la primera que puso en mi existencia
Sospechosas raíces de padre querendón
Han pasado treinta años, ¡parece una mentira!
Es que la distancia me robó el cariño
Tu calor, tu sonrisa.
Me robó tu fragancia, me robó tu abrazo, tus besos.
-Todo aquello que a los padres nos gusta sentir-
Pero sé que me quieres y aquello me conforta.
Me quiere la inocente florecilla que adorna,
La bonita nieta que me llama papá
-copia de lo que fuiste, tu fotografía perfecta
Un día de sus brazos su calor quiero sentir
Por eso estoy alegre. Por eso hoy me inspiro.
Porque es tu cumpleaños, mitad de la presencia
Que en esta tierra hermosa he podido tener.
Quito, 4 de diciembre de 2008
Un homenaje de cariño a mi hija que vive en Nueva York desde hace largos años y que hor cumple 30 años. Para ella mis felicidades que tenga en unión de su esposo e hijita, María Gabriela.
jueves, 4 de diciembre de 2008
jueves, 2 de octubre de 2008
viernes, 26 de septiembre de 2008
UN PAÍS, MI PAÍS
Un país, mi país
Erase un país tan diminuto, tan diminuto, como diminutos eran sus habitantes. Su extensión, aunque usted no lo crea, no superaba las dimensiones de lo que podría cubrir un pañuelo. Incluía dentro de su territorio, no obstante, hermosas montañas, valles, ríos, ciudades, etc. viviendo sus habitantes épocas de auge y depresiones, cual si fueran copias de lo que ocurre en el resto del mundo.
No obstante, eran notorias ciertas cosas, muchas interesantes y otras que pueden pasar por insignificantes. Es pues de resaltar que sus habitantes estaban divididos en dos clases: los que pensaban y los que no pensaban. Entre los primeros, lógicamente estaban ubicados todos quienes estaban dotados de alguna imaginación y su cerebro a veces funcionaba permitiendo hacer sus tareas con menos dificultad que las del resto. Los demás habitantes, mientras más se esforzaban, de su cabeza solamente salían pelos, no pensamientos, y, en ciertos casos, unas deformidades extrañas.
En este país, por supuesto que todos tenían que pensar. Esta era la principal función de todos. Era pues obligado pensar en cómo obtener las cosas necesarias de la vida y no trabajar demasiado, ya que primero, no había tanto trabajo y, segundo, para eso estaban los que no pensaban.
Los primeros eran los que habían podido instalar fábricas, poseían haciendas, almacenes, barcos, vehículos, riquezas diversas, hasta los mares. Ellos generaban los principales servicios, como luz eléctrica, agua potable, teléfonos, etc. que prestaban a los segundos a cambio de una especie de moneda, inventada por ellos, tal como pasa en los demás países de la tierra, como una forma de hacerles creer que había un intercambio de bienes y que, en definitiva, les permitía acrecentar sus pertenencias, manteniendo a los no pensantes en la misma situación, toda la vida. Esto es, sin conocer sus derechos, ni poder satisfacer sus necesidades
A veces, en este país, hasta se hacían elecciones destinadas a encontrar, “democráticamente”, a sus gobernantes, pero no era más que una forma de hacer creer a los no pensantes que algún día iban ellos a participar, en forma abierta, pero según muestran las estadísticas oficiales de este país, eso no era probable ni alcanzable. Además, qué podrían hacer estos no pensantes, si no tenían experiencia, ni poseían fábricas, haciendas, ni nada.?.
Visto desde arriba, era de morirse de la risa el ver a sus habitantes esforzarse en parecerse a lo que se conocía afuera. Cada uno (de los pensantes) se creía apto, más capacitado que cualquier rey de la tierra o el Papa, poniéndose en cola para gobernar su pequeño mundo de juguete; muchos se creían inimitables sabios, cuyos consejos merecían los tesoros de todas la bóvedas del mundo; las mujeres se creían dignas de ser adoradas como diosas, mejor que la diosa Venus o Afrodita, mucho más perfectas que las candidatas a Miss Universo.
Este país, no tenía rivales, ya que simplemente no habían. Pero, no les he contado todavía, como eran sus gentes.
Según las leyendas que transmiten algunos viajeros y que lograron entender su idioma y entender su idiosincrasia y ver, entiendo bajo potentes microscopios, todos estos eran deformados por la persistencia de ciertas actitudes: los pensadores, por ser tan pensadores, desarrollaron defectos que se transmitían de generación en generación y que pretendían perdurarse por los siglos de los siglos hasta los confines de los tiempos: unos eran de grandes cabezas achatadas hacia el lado izquierdo, otros hacia la derecha, otros hacia el centro, de forma que parecían, más o menos ajíes, o moras, o peras, zapallos o cualquier otra cosa parecida, siendo panzuditos o flacos como los dibujos animados que pasan los canales de TV.
Los no pensadores no tenían mucha cabeza, pues de poco les servía, bastándoles con que de su cuerpo brote una espinita para hacerse notar como seres humanos que eran, pues poco les importaba la situación de su país, ni su pasado ni su presente ni su futuro. Sin embargo, cuando se trataba de los gloriosos partidos de fútbol de un solo pié, no había ojo humano que se pierda las famosas gestas de sus representantes, pues sus noticieros sólo tenían interés general cuando referían lo sucedido en sus pequeñísimos estadios, además, que nunca conocían de otro tipo de noticias.
Había, por no faltar a la verdad, algunas actividades de menor trascendencia o importancia, que eran preferidas por unos o por otros. Siempre llamó la atención que a nadie le perturbara ni la mínima inquietud por conocer las letras y artes; no había libros ni para imaginarse en como eran en realidad y si algo parecido asomaba, sus gobernantes apuntaban sus cañones hacia los infelices que querían abrirlos o ponían trampas mortales a los que se acercaban a ellos (por referencias se conoce, algunos de los que tanto, tanto, pensaban y pensaban, habían impreso sus ideas en una especie de libros).
Este paisillo era para reírse, como dijimos anteriormente, ya que era lleno de contradicciones: unos habrían acequias para llevar agua de uno a otro lado y otros las ampliaban y hacían avenidas para que troten los futbolistas de un solo pie; unos se encargaban de llevar agua a los sembríos y otros de regresarla hasta el río para que este sea navegable; unos se dedicaban a la pesca y otros en tomar los pescados y volverlos al mar acusándolos por daños a la naturaleza; unos intentaban hacer producir sus campos y otros en aplanarlos y nivelarlos formando canchas de fútbol; y así hasta el infinito, hasta el cansancio, cosa que jamás parecía suceder porque siempre era lo mismo.
Sus gobernante ofrecían dar pan, pero todo el pan ellos mismos se lo comían; ofrecían engrandecer sus fronteras y terminaban por encerrarse en linderos cada vez más pequeños; ofrecían leyes transformadoras y milagrosas y terminaban siempre haciendo lo mismo que sus antecesores, leyes que favorecían sólo a unos pocos en desventaja de la generalidad; ofrecían no tomar los recursos del Estado y administrar la economía con probidad y respeto, pero, lo primero que hacían era administrar sus empresas con los recursos del estado, con ambición y desparpajo, parecido a los hechos y hazañas del muy recordado y poco apreciado gobierno de Bucaram; incluso, se conoce que uno de sus gobernantes, resolvió que para sacar a su país de la crisis, era conveniente y necesario cerrar todos los bancos y utilizar su dinero para pagar la deuda de sus empresas y las de sus amigos que tanto, tanto, pensaban, quitando al resto de habitantes la totalidad de recursos que años y años demoraron para juntar haciendo pequeñas economías para destinarlo a su sustento y el de sus familias.
La historia nos cuenta, según refieren los mencionados visitantes, que este país, sigue siendo un país tan diminuto, tan diminuto, como diminutos eran sus habitantes, pese a que tenían riquezas abundantes, pródigos suelos, ríos navegables, montañas de finísimas maderas, minas de oro negro y amarillo jamás imaginadas. Los que tanto y tanto pensaban continúan siendo los que gobiernan y tienen las fábricas, las haciendas, los almacenes; venden la luz, el agua, alquilan los teléfonos. Los que nunca piensan siguen igual con su cabeza de espina y sin interesarles nada más que su fútbol de un solo pié, único en el mundo, con la única esperanza que algún día puedan jugar fútbol con ambos pies.
MUCHO MUCHO TIEMPO DESPUES....
Después de muchos, muchos años, según nos relatan algunos viajeros que anduvieron por esos lares, para suerte de mantener encendida la llama de nuestra historia, en el país que relatamos, aún se observan acontecimientos dignos de nuestra más grande atención, eventos de extremo interés que podrían ser registrados como extrañezas propias de la humana condición.
Valiéndose de cuanto procedimiento científico moderno se conoce, los encumbrados cerebros han podido estimar que desde los tiempos en que se narraron los anteriores sucesos han transcurrido poco más o poco menos de 2.520 años contados a partir de la última fecha que se tiene recuerdo. No obstante, hemos vuelto a posar nuestra mirada en este encantador país, el mismo aquel de los simpáticos habitantes para los que solo a pocos salían los pensamientos, mientras que a la gran mayoría de tanto pensar se deformaba su cabeza convirtiéndoles en una especie de gente parecida a peras, ajíes, tomates de riñón, zapallos, etc. etc. y que eran tan pero tan adictos al fútbol que no había nada en el mundo de mayor trascendencia que este deporte, aunque únicamente jugaban con un solo pie.
Sin intentar cansarlos con estos lugares comunes,
Colorín Colorado,
Este Paisillo Está Acabado
Quito, marzo15 de 1999
Erase un país tan diminuto, tan diminuto, como diminutos eran sus habitantes. Su extensión, aunque usted no lo crea, no superaba las dimensiones de lo que podría cubrir un pañuelo. Incluía dentro de su territorio, no obstante, hermosas montañas, valles, ríos, ciudades, etc. viviendo sus habitantes épocas de auge y depresiones, cual si fueran copias de lo que ocurre en el resto del mundo.
No obstante, eran notorias ciertas cosas, muchas interesantes y otras que pueden pasar por insignificantes. Es pues de resaltar que sus habitantes estaban divididos en dos clases: los que pensaban y los que no pensaban. Entre los primeros, lógicamente estaban ubicados todos quienes estaban dotados de alguna imaginación y su cerebro a veces funcionaba permitiendo hacer sus tareas con menos dificultad que las del resto. Los demás habitantes, mientras más se esforzaban, de su cabeza solamente salían pelos, no pensamientos, y, en ciertos casos, unas deformidades extrañas.
En este país, por supuesto que todos tenían que pensar. Esta era la principal función de todos. Era pues obligado pensar en cómo obtener las cosas necesarias de la vida y no trabajar demasiado, ya que primero, no había tanto trabajo y, segundo, para eso estaban los que no pensaban.
Los primeros eran los que habían podido instalar fábricas, poseían haciendas, almacenes, barcos, vehículos, riquezas diversas, hasta los mares. Ellos generaban los principales servicios, como luz eléctrica, agua potable, teléfonos, etc. que prestaban a los segundos a cambio de una especie de moneda, inventada por ellos, tal como pasa en los demás países de la tierra, como una forma de hacerles creer que había un intercambio de bienes y que, en definitiva, les permitía acrecentar sus pertenencias, manteniendo a los no pensantes en la misma situación, toda la vida. Esto es, sin conocer sus derechos, ni poder satisfacer sus necesidades
A veces, en este país, hasta se hacían elecciones destinadas a encontrar, “democráticamente”, a sus gobernantes, pero no era más que una forma de hacer creer a los no pensantes que algún día iban ellos a participar, en forma abierta, pero según muestran las estadísticas oficiales de este país, eso no era probable ni alcanzable. Además, qué podrían hacer estos no pensantes, si no tenían experiencia, ni poseían fábricas, haciendas, ni nada.?.
Visto desde arriba, era de morirse de la risa el ver a sus habitantes esforzarse en parecerse a lo que se conocía afuera. Cada uno (de los pensantes) se creía apto, más capacitado que cualquier rey de la tierra o el Papa, poniéndose en cola para gobernar su pequeño mundo de juguete; muchos se creían inimitables sabios, cuyos consejos merecían los tesoros de todas la bóvedas del mundo; las mujeres se creían dignas de ser adoradas como diosas, mejor que la diosa Venus o Afrodita, mucho más perfectas que las candidatas a Miss Universo.
Este país, no tenía rivales, ya que simplemente no habían. Pero, no les he contado todavía, como eran sus gentes.
Según las leyendas que transmiten algunos viajeros y que lograron entender su idioma y entender su idiosincrasia y ver, entiendo bajo potentes microscopios, todos estos eran deformados por la persistencia de ciertas actitudes: los pensadores, por ser tan pensadores, desarrollaron defectos que se transmitían de generación en generación y que pretendían perdurarse por los siglos de los siglos hasta los confines de los tiempos: unos eran de grandes cabezas achatadas hacia el lado izquierdo, otros hacia la derecha, otros hacia el centro, de forma que parecían, más o menos ajíes, o moras, o peras, zapallos o cualquier otra cosa parecida, siendo panzuditos o flacos como los dibujos animados que pasan los canales de TV.
Los no pensadores no tenían mucha cabeza, pues de poco les servía, bastándoles con que de su cuerpo brote una espinita para hacerse notar como seres humanos que eran, pues poco les importaba la situación de su país, ni su pasado ni su presente ni su futuro. Sin embargo, cuando se trataba de los gloriosos partidos de fútbol de un solo pié, no había ojo humano que se pierda las famosas gestas de sus representantes, pues sus noticieros sólo tenían interés general cuando referían lo sucedido en sus pequeñísimos estadios, además, que nunca conocían de otro tipo de noticias.
Había, por no faltar a la verdad, algunas actividades de menor trascendencia o importancia, que eran preferidas por unos o por otros. Siempre llamó la atención que a nadie le perturbara ni la mínima inquietud por conocer las letras y artes; no había libros ni para imaginarse en como eran en realidad y si algo parecido asomaba, sus gobernantes apuntaban sus cañones hacia los infelices que querían abrirlos o ponían trampas mortales a los que se acercaban a ellos (por referencias se conoce, algunos de los que tanto, tanto, pensaban y pensaban, habían impreso sus ideas en una especie de libros).
Este paisillo era para reírse, como dijimos anteriormente, ya que era lleno de contradicciones: unos habrían acequias para llevar agua de uno a otro lado y otros las ampliaban y hacían avenidas para que troten los futbolistas de un solo pie; unos se encargaban de llevar agua a los sembríos y otros de regresarla hasta el río para que este sea navegable; unos se dedicaban a la pesca y otros en tomar los pescados y volverlos al mar acusándolos por daños a la naturaleza; unos intentaban hacer producir sus campos y otros en aplanarlos y nivelarlos formando canchas de fútbol; y así hasta el infinito, hasta el cansancio, cosa que jamás parecía suceder porque siempre era lo mismo.
Sus gobernante ofrecían dar pan, pero todo el pan ellos mismos se lo comían; ofrecían engrandecer sus fronteras y terminaban por encerrarse en linderos cada vez más pequeños; ofrecían leyes transformadoras y milagrosas y terminaban siempre haciendo lo mismo que sus antecesores, leyes que favorecían sólo a unos pocos en desventaja de la generalidad; ofrecían no tomar los recursos del Estado y administrar la economía con probidad y respeto, pero, lo primero que hacían era administrar sus empresas con los recursos del estado, con ambición y desparpajo, parecido a los hechos y hazañas del muy recordado y poco apreciado gobierno de Bucaram; incluso, se conoce que uno de sus gobernantes, resolvió que para sacar a su país de la crisis, era conveniente y necesario cerrar todos los bancos y utilizar su dinero para pagar la deuda de sus empresas y las de sus amigos que tanto, tanto, pensaban, quitando al resto de habitantes la totalidad de recursos que años y años demoraron para juntar haciendo pequeñas economías para destinarlo a su sustento y el de sus familias.
La historia nos cuenta, según refieren los mencionados visitantes, que este país, sigue siendo un país tan diminuto, tan diminuto, como diminutos eran sus habitantes, pese a que tenían riquezas abundantes, pródigos suelos, ríos navegables, montañas de finísimas maderas, minas de oro negro y amarillo jamás imaginadas. Los que tanto y tanto pensaban continúan siendo los que gobiernan y tienen las fábricas, las haciendas, los almacenes; venden la luz, el agua, alquilan los teléfonos. Los que nunca piensan siguen igual con su cabeza de espina y sin interesarles nada más que su fútbol de un solo pié, único en el mundo, con la única esperanza que algún día puedan jugar fútbol con ambos pies.
MUCHO MUCHO TIEMPO DESPUES....
Después de muchos, muchos años, según nos relatan algunos viajeros que anduvieron por esos lares, para suerte de mantener encendida la llama de nuestra historia, en el país que relatamos, aún se observan acontecimientos dignos de nuestra más grande atención, eventos de extremo interés que podrían ser registrados como extrañezas propias de la humana condición.
Valiéndose de cuanto procedimiento científico moderno se conoce, los encumbrados cerebros han podido estimar que desde los tiempos en que se narraron los anteriores sucesos han transcurrido poco más o poco menos de 2.520 años contados a partir de la última fecha que se tiene recuerdo. No obstante, hemos vuelto a posar nuestra mirada en este encantador país, el mismo aquel de los simpáticos habitantes para los que solo a pocos salían los pensamientos, mientras que a la gran mayoría de tanto pensar se deformaba su cabeza convirtiéndoles en una especie de gente parecida a peras, ajíes, tomates de riñón, zapallos, etc. etc. y que eran tan pero tan adictos al fútbol que no había nada en el mundo de mayor trascendencia que este deporte, aunque únicamente jugaban con un solo pie.
Sin intentar cansarlos con estos lugares comunes,
Colorín Colorado,
Este Paisillo Está Acabado
Quito, marzo15 de 1999
viernes, 19 de septiembre de 2008
El Cóndor
EL CÓNDOR*
Cuando se encontraba en el nido, junto a sus hermanos, los otros polluelos, esperando el retorno de su madre que, a más del abrigo cariñoso que les brindaba, les traía rica y sustanciosa comida; el pequeño cóndor, mirando desde lo alto del peñasco, se imaginaba, a sí mismo, rompiendo el azul del firmamento como lo hace su padre, todopoderoso emperador del cielo y las montañas, batiendo sus enormes alas contra el viento, al que muy fácilmente dominaba, dedicándose a inspeccionar sus dominios con la poderosa visión de la que estaba provisto.
Soñaba, por lo mismo, en que pronto será mayor y tendrá sus propias alas que le impulsarán hasta los confines del espacio en búsqueda de gloria, podrá realizar todas sus ambiciones a voluntad, sin que nadie pueda, ni siquiera taparle la luz del sol, ya que será el único en llegar a esas alturas.
Esta era la voluntad del niño cóndor. Voluntad que día a día era realimentada creando nuevos deseos de ser siempre el primero entre sus hermanos. Por eso, él era quien se adelantaba al encuentro de su madre y estirando su cuello lograba captar la mayor proporción de la comida; era quién se impulsaba con mayor deseo que los demás procurando empinarse sobre el nido en una demostración de valor, de fuerza, de querer volar, de querer ser como su padre.
Guiado de este fervoroso anhelo, se entretenía aguzando su mirada en pos de divisar sobre el horizonte, allá en el espacio infinito, la presencia paterna. Muchas veces lo había visto que estiradas sus poderosas alas, inmóviles, cruzaba el firmamento como desafiando a las fuerzas de la naturaleza, hasta que llegaba donde le esperaba la familia posándose sobre un árbol o una roca cercanos, sin flaquear por ninguna razón ni dejar su porte, siempre erguido, porte de emperador de las alturas.
¿Cómo no querer ser como su padre? Si era grande, fuerte, audaz y valiente. Subía hacia el infinito hasta encontrarse con el mismo sol. Iba de cima en cima imponiendo y dibujando en el espacio su figura; con ella, desde las elevadas crestas de las montañas mostraba su enorme sombra, dibujando sobre los valles sus rasgos de cóndor. Y, desde ellas, con un zumbido ensordecedor, cortaba el aire en un descenso más veloz que el rayo hasta tomar entre sus garras las mejores presas para un festín de sus polluelos.
A VOLAR
Pasaron los días, y el pequeño cóndor fue vistiéndose de un hermoso traje de vistoso plumaje, más elegante que el de cualquier otro. Su brillo y textura eran envidiados por otras aves, contrastando alegremente su gargantilla blanca con el negro brillante del resto del cuerpo. Su cuello empezó a tensarse cubriendo su piel de un color rojo intenso, mientras que su cuerpo había alcanzado un porte elevado, algo estirado, aunque le faltaba todavía la madurez a la que normalmente llegan los cóndores.
Fue entonces llegado el momento de iniciar la vida independiente. Aprendió a volar, casi sin hacer esfuerzo, puesto que había estado aprendiendo y practicando desde que nació.
Los imaginados placeres se hicieron realidad. ¡Qué sensaciones!. Volar y remontarse hasta los confines del espacio; hasta donde el cuerpo perdía su peso, su sensibilidad y la tierra se divisaba casi totalmente convertida en una gran esfera de hermosos colores, donde resaltaban, especialmente, combinaciones de verde, azul y blanco.
Imitaba en el aire las piruetas que su padre hacía, tratando de perfeccionarlas, cada vez con mayor interés, hasta sentirse dueño absoluto de su libertad y del mundo. No había roca a la que no quiera superarla. Las nubes eran caprichos insignificantes que le retaban a jugar con ellas. Quería recogerlas a todas de una sola de sus garras.
Su diversión y entretenimiento era, desde entonces, el cielo azul, infinito, inmenso. Inicialmente salía por las mañanas y retornaba al nido por las tardes a buscar a sus padres, su nido y reponerse con algún bocado. Pero, pasados los días y aprendiendo a cazar algunas presas, sus vuelos fueron cada vez más largos, llegando, para su sorpresa, hasta las cercanías de pueblos y ciudades, donde conoció, desde las alturas, lo que era el hombre y la civilización.
ENCUENTRO CON EL HOMBRE
Tal era su afán de conocimiento y aventura, por hurgar lo desconocido, que nunca estuvo satisfecho con solo observar todo lo que existe sobre la tierra.
Cuando pequeñitos, él con sus hermanos, recibieron diversos consejos de su padre. Cómo volar; cómo cazar y qué presas preferir; cómo dominar al viento; etc., pero sobre todo, y de manera especial, la prohibición de acercarse al hombre.
Cuando llegó a las ciudades, se sintió notoriamente atraído por su color, su movimiento, sus formas. ¿Cómo será el hombre que tanto respeto y temor inspiraba a su padre?.
En su ser estaba, por sobre sus fuerzas, la necesidad de saber nuevas cosas; entender ciertas razones; explicarse del por qué de las cosas.
Y quiso saber más acerca del hombre. Sin mediar el peligro se aventuró a conocerlo.
En las cercanías de la gran ciudad reconoció al hombre. ¿Cómo puede un ser tan pequeño, indefenso, sin alas, sin garras, ser tan poderoso?. Se dijo.
Mientras comprendía las vivencias de la ciudad, conoció al hombre, a la mujer, sus construcciones, el flujo vehicular que se parecía a los ríos que desde lo alto observaba, aunque de muchos colores y que, además, iban a todos lados y ninguna parte a la vez.
Miró como se elevaban los aviones y otros artefactos. Que los edificios que constituían sus moradas se elevaban tan alto que casi sobrepasaban a las nubes. Como se movían por el mar muchos barcos pequeños y grandes, algunos parecidos a pequeñas islas. Y fue dándose cuenta que el poderío del hombre es muy grande.
Pensó entonces. ¿Donde reside la fuerza del hombre? no está en sus alas o en sus garras. ¿Dónde está su fuerza?.
Mientras intentaba descifrar sus innumerables pensamientos, no se fijó en el espacio que recorría y su mala suerte hizo que se estrellara en los cables de alta tensión eléctrica que cruzaban por la parte alta de un edificio. El príncipe de los aires, fue arrojado a tierra con fuerza insospechada, quedando inconsciente, destrozadas sus alas y arruinado su hermoso plumaje.
LA FUERZA DEL DESTINO
En estado de inconsciencia, el joven cóndor, no parecía tener ningún rasgo de vida. Tirado en un espacio vacío, entre dos calzadas, inerte, lastimado.
Al pasar los recolectores de basura, encontraron un cóndor muerto, al que junto a otros desperdicios le llevaron hasta el centro de procesamiento de basura, arrojándole en las proximidades de un pequeño arbusto.
De súbito empezó a sentir un fuerte dolor que le apretaba todo su cuerpo. Su cabeza le dolía tremendamente y daba vueltas a mucha velocidad, causándole un incontenible mareo. Quiso elevarse y sus extremidades inferiores fallaron haciéndole rodar por el suelo, y, al intentar estirar sus alas, sintió que estas no respondían, acrecentando su dolor.
El dolor que sentía era cada vez mayor, tanto por que iba recuperando sus sensaciones como por darse cuenta de su incapacidad para caminar o volver a encumbrarse por el azul del cielo.
Si supiera como llorar, el joven cóndor se hubiera deshecho en lágrimas. ¿Qué hacer?.
De manera inconsciente, el joven cóndor intentó superarse y buscar una solución. A pesar del dolor intenso que sufría, entre varias caídas y levantadas, alcanzó a refugiarse a la sombra del arbusto vecino, lo que aplacó en algo la intensidad de su terrible ansiedad, sed y dolor.
Bajo este techo temporal, sus horas pasaron entre estados de angustia, dolor e inconsciencia en la que era sumido, esta vez por la intensa la fiebre que comenzó a atacarle. Por la noche no tuvo calma, a pesar de una tenue llovizna que arreció sobre la ciudad y que refrescó la calentura del joven cóndor.
Su imposibilidad de movimiento le tuvo aprisionado por espacio de varios días, en los que la sed y necesidad de alimento le empezaron a atormentarle. Hubiera dejado de existir si no fuera que, por casualidad, al paso de un vehículo, fue dejado caer un pedazo de pan, el mismo que rodando fue a dar cerca del cóndor lastimado. Sacándole fuerzas a su enfermedad, por un instinto extraño, lo asimiló con alimento y logró tomarlo. Nunca había probado un bocado parecido, pero anta la falta de su comida, trató de ingerirlo, pudiendo hacerlo por estar algo remojado con el agua de lluvia. Esto le reanimó sus fuerzas y pudo soportar las horas siguientes.
Pasados varios días empezó a sentirse mejor, desapareciendo su fiebre y la intensidad del dolor. Ahora podía moverse con dificultad, aunque no pudo ni pararse, peor volar. Una de sus patas y las dos alas estaban rotas por lo que su sensación de incapacidad le causó una terrible depresión y angustia.
Debilitado enormemente por la falta de alimento y agua, el joven cóndor pasó días de sufrimiento, aunque, por milagro, se mantenía con vida.
DE REY A MENDIGO
Vuelto plenamente en su conciencia, descubrió que su incapacidad de movimiento le encadenaba al lugar en el que el destino le arrojó inclemente, debiendo permanecer en él a costa de su dolor y limitaciones. Así aprendió que en ese lugar, aparte de otras cosas, aparte de feo y maloliente, es posible encontrar sosiego y acomodo, algún alimento y espacio para sobrellevar su vía crucis.
Descubrió que entre montañas de basura, raspando y buscando, se podía obtener algún alimento que el hombre desechaba, y que entre hierros oxidados, pedazos de maderas y otros desperdicios, podía tener un nido tanto o más cómodo que aquel en que vio sus primeras luces, aunque imposible de sustituirlo.
En este lugar, disputando contra los perros, gatos y otras aves de rapiña, así como los menesterosos que se hacían presentes en pos de alguna sobra aprovechable, el joven cóndor se transformó en su residente obligado.
Ora lograba un pedazo de carne, ora unas sobras de pan, ora algunas migajas de golosinas, pero siempre existía alimento para todos los asiduos comensales que hurgaban el basurero.
Patojeando, colgadas y arrastrando sus rotas alas, fueron pasando los días. Al clarear el alba, su espíritu se estremecía recordando esas altas cumbres que muy temprano visitaba, esa blancura de los primeros rayos del sol que rompiendo la gasa de las nubes iban pintando de maravillosos colores, primero las cumbres, y luego todo el vasto suelo del que fue su dueño absoluto. Añoraba elevarse con cada brisa. Romper la paz del silencio con el silbar de sus plumas al viento. Desobedecer a la gravedad y planear por sobre los campos oteando a la distancia en busca de sus presas de caza.
Abría sus alas y apenas lograba que sus adoloridos huesos, con un sonido sordo, le causaran agudos dolores, sin alcanzar su propósito.
VIVIR CON LA MISERIA
Aquellos dolores insoportables habían desaparecido, sin embargo, la posibilidad de ser el “rey de los Andes” también. Para resistir el paso del tiempo y soportarlo mejor había adoptado una postura de encogimiento en la que pasaba la mayor parte del tiempo, asimilándose más bien a los gallinazos, y tratando de moverse lo menos posible. Casi siempre arrastraba desigualmente sus alas, por lo que el hermoso plumaje de otrora había desaparecido y en su lugar portaba un plumaje descolorido, desgastado y siempre lleno de suciedad.
Transcurría la mayor parte del tiempo, manteniéndose en esa posición y apenas moviéndose hasta encontrar algún alimento que recogía de aquel basurero.
Quienes lo veían, a veces sentían conmiseración de su vida, en otras, lo rechazaban por temor a recibir algún daño, siendo entonces repudiado.
A lo largo del tiempo sus heridas fueron restableciéndose, sus huesos, gracias a la inmovilidad en que permanecía, se juntaron y, aunque con pequeños defectos, estaba sano y en condiciones de rehacer su vida.
Pero, “la costumbre hace ley”, siguió llevando su vida ligado a aquel lugar y actuando de la forma que le había sido propicia para defenderse de los elementos de la naturaleza y sobrevivir, aunque bregando y luchando con otros habitantes del basurero para obtener un poco de comida, soportando la fealdad y pestilencia del lugar, que ya le era familiar.
LO QUE PRODUCE UN TERREMOTO
Vino a trastornar su modo de vida un hecho repentino. El hombre había decidido suprimir aquel basurero con el propósito de construir en aquel terreno uno de sus edificios. Vinieron los obreros con grandes camiones y asearon el lugar, dejando en un rincón solamente un montón de escombros entremezclados con cartones y maderas viejas.
La desgracia cayó sobre el cóndor que se sintió muy infeliz por no saber qué hacer ante esta situación. Tuvo que refugiarse entre los desperdicios amontonados, donde se mantuvo algunos días, pasando mucha hambre y sed, puesto que desapareció la fuente donde se proveía de alimento.
Uno de estos días, apareció una cuadrilla de trabajadores y sin fijarse mayormente en la necesidad ajena sino el fin inmediato del propietario del terreno, y, sin mediar en la presencia del cóndor, procedieron a incinerar lo que restaba del basurero.
Las llamas abrasaron de inmediato los materiales secos que ahí se encontraban, produciendo un terrible sofocamiento que por poco causa la muerte del cóndor. Fue cuando tuvo un nuevo impulso en su vida y haciendo un enorme esfuerzo, de entre las enormes llamas, batió sus alas y se alzó por el aire, nuevamente, causando una gran sorpresa de los trabajadores que no comprendían lo sucedido y del porqué un cóndor se encontraba en aquellos basurales.
OTRA VEZ EL CIELO
Con la fuerza del susto, no se dio entera cuenta de lo ocurrido ni de cómo había logrado remontar las llamas que amenazaban abrasarlo enteramente. Mientras se elevaba, aún con cierta dificultad, empezó a escuchar nuevamente el zumbido del viento, a sentir el romper del aire con sus alas, la luminosidad del claro cielo que inundaba con plenitud su espíritu.
Reaparecieron en su mente los recuerdo de su infancia, la figura paterna que a la distancia rompía el horizonte y poderoso cruzaba el firmamento llevando a sus polluelos una nueva presa, todos los días. Cómo su madre les cubría con su cuerpo dándoles calor y vida.
Decidió saborear su nuevo estado. Se elevó y elevó hasta las más insospechadas alturas desde donde contempló la extensa tierra, alcanzando su vista hasta al verde azuloso del imponente océano. Desde allí, las más elevadas montañas parecían pequeños cúmulos blanqueadas sus cimas, mientras que los grandes ríos eran cintas de encaje que adornaban el verdor de las campiñas. Que hermosa vista. Que agradables sensaciones.
Disfrutando de su verdadero ser, pasó mucho tiempo. Mucho tiempo. Hasta que ungido por el hambre y sed, decidió que era hora de buscar alimento.
Con su poderosa visión, desde lo alto del firmamento, descubrió su caza, había para escoger, de diversas formas y tamaños. Descubrió que para aplacar su sed estaban los ríos que descendían desde las más altas montañas. Que para sofocar su cansancio no existía un reducto, como la guarida de aquel basurero, sino, todo el amplio horizonte de elevadas cumbres, donde sus riscos, que al amanecer y atardecer se tiñen de dorado, como imponentes balcones, ofrecen por compañía la suave brisa y la perpetua hermosura del valle.
Y sintió que había renacido, que otra vez era un cóndor y que su pasado no era más que una sombra de un mal recuerdo.
* Este cuento, realizado como un ensayo, tiene el objetivo de posibilitar el rescate de quienes se encuentran en situaciones de depresión económica que les lleva a vivir sumidos en un submundo ajeno a sus principios y valores
Cuando se encontraba en el nido, junto a sus hermanos, los otros polluelos, esperando el retorno de su madre que, a más del abrigo cariñoso que les brindaba, les traía rica y sustanciosa comida; el pequeño cóndor, mirando desde lo alto del peñasco, se imaginaba, a sí mismo, rompiendo el azul del firmamento como lo hace su padre, todopoderoso emperador del cielo y las montañas, batiendo sus enormes alas contra el viento, al que muy fácilmente dominaba, dedicándose a inspeccionar sus dominios con la poderosa visión de la que estaba provisto.
Soñaba, por lo mismo, en que pronto será mayor y tendrá sus propias alas que le impulsarán hasta los confines del espacio en búsqueda de gloria, podrá realizar todas sus ambiciones a voluntad, sin que nadie pueda, ni siquiera taparle la luz del sol, ya que será el único en llegar a esas alturas.
Esta era la voluntad del niño cóndor. Voluntad que día a día era realimentada creando nuevos deseos de ser siempre el primero entre sus hermanos. Por eso, él era quien se adelantaba al encuentro de su madre y estirando su cuello lograba captar la mayor proporción de la comida; era quién se impulsaba con mayor deseo que los demás procurando empinarse sobre el nido en una demostración de valor, de fuerza, de querer volar, de querer ser como su padre.
Guiado de este fervoroso anhelo, se entretenía aguzando su mirada en pos de divisar sobre el horizonte, allá en el espacio infinito, la presencia paterna. Muchas veces lo había visto que estiradas sus poderosas alas, inmóviles, cruzaba el firmamento como desafiando a las fuerzas de la naturaleza, hasta que llegaba donde le esperaba la familia posándose sobre un árbol o una roca cercanos, sin flaquear por ninguna razón ni dejar su porte, siempre erguido, porte de emperador de las alturas.
¿Cómo no querer ser como su padre? Si era grande, fuerte, audaz y valiente. Subía hacia el infinito hasta encontrarse con el mismo sol. Iba de cima en cima imponiendo y dibujando en el espacio su figura; con ella, desde las elevadas crestas de las montañas mostraba su enorme sombra, dibujando sobre los valles sus rasgos de cóndor. Y, desde ellas, con un zumbido ensordecedor, cortaba el aire en un descenso más veloz que el rayo hasta tomar entre sus garras las mejores presas para un festín de sus polluelos.
A VOLAR
Pasaron los días, y el pequeño cóndor fue vistiéndose de un hermoso traje de vistoso plumaje, más elegante que el de cualquier otro. Su brillo y textura eran envidiados por otras aves, contrastando alegremente su gargantilla blanca con el negro brillante del resto del cuerpo. Su cuello empezó a tensarse cubriendo su piel de un color rojo intenso, mientras que su cuerpo había alcanzado un porte elevado, algo estirado, aunque le faltaba todavía la madurez a la que normalmente llegan los cóndores.
Fue entonces llegado el momento de iniciar la vida independiente. Aprendió a volar, casi sin hacer esfuerzo, puesto que había estado aprendiendo y practicando desde que nació.
Los imaginados placeres se hicieron realidad. ¡Qué sensaciones!. Volar y remontarse hasta los confines del espacio; hasta donde el cuerpo perdía su peso, su sensibilidad y la tierra se divisaba casi totalmente convertida en una gran esfera de hermosos colores, donde resaltaban, especialmente, combinaciones de verde, azul y blanco.
Imitaba en el aire las piruetas que su padre hacía, tratando de perfeccionarlas, cada vez con mayor interés, hasta sentirse dueño absoluto de su libertad y del mundo. No había roca a la que no quiera superarla. Las nubes eran caprichos insignificantes que le retaban a jugar con ellas. Quería recogerlas a todas de una sola de sus garras.
Su diversión y entretenimiento era, desde entonces, el cielo azul, infinito, inmenso. Inicialmente salía por las mañanas y retornaba al nido por las tardes a buscar a sus padres, su nido y reponerse con algún bocado. Pero, pasados los días y aprendiendo a cazar algunas presas, sus vuelos fueron cada vez más largos, llegando, para su sorpresa, hasta las cercanías de pueblos y ciudades, donde conoció, desde las alturas, lo que era el hombre y la civilización.
ENCUENTRO CON EL HOMBRE
Tal era su afán de conocimiento y aventura, por hurgar lo desconocido, que nunca estuvo satisfecho con solo observar todo lo que existe sobre la tierra.
Cuando pequeñitos, él con sus hermanos, recibieron diversos consejos de su padre. Cómo volar; cómo cazar y qué presas preferir; cómo dominar al viento; etc., pero sobre todo, y de manera especial, la prohibición de acercarse al hombre.
Cuando llegó a las ciudades, se sintió notoriamente atraído por su color, su movimiento, sus formas. ¿Cómo será el hombre que tanto respeto y temor inspiraba a su padre?.
En su ser estaba, por sobre sus fuerzas, la necesidad de saber nuevas cosas; entender ciertas razones; explicarse del por qué de las cosas.
Y quiso saber más acerca del hombre. Sin mediar el peligro se aventuró a conocerlo.
En las cercanías de la gran ciudad reconoció al hombre. ¿Cómo puede un ser tan pequeño, indefenso, sin alas, sin garras, ser tan poderoso?. Se dijo.
Mientras comprendía las vivencias de la ciudad, conoció al hombre, a la mujer, sus construcciones, el flujo vehicular que se parecía a los ríos que desde lo alto observaba, aunque de muchos colores y que, además, iban a todos lados y ninguna parte a la vez.
Miró como se elevaban los aviones y otros artefactos. Que los edificios que constituían sus moradas se elevaban tan alto que casi sobrepasaban a las nubes. Como se movían por el mar muchos barcos pequeños y grandes, algunos parecidos a pequeñas islas. Y fue dándose cuenta que el poderío del hombre es muy grande.
Pensó entonces. ¿Donde reside la fuerza del hombre? no está en sus alas o en sus garras. ¿Dónde está su fuerza?.
Mientras intentaba descifrar sus innumerables pensamientos, no se fijó en el espacio que recorría y su mala suerte hizo que se estrellara en los cables de alta tensión eléctrica que cruzaban por la parte alta de un edificio. El príncipe de los aires, fue arrojado a tierra con fuerza insospechada, quedando inconsciente, destrozadas sus alas y arruinado su hermoso plumaje.
LA FUERZA DEL DESTINO
En estado de inconsciencia, el joven cóndor, no parecía tener ningún rasgo de vida. Tirado en un espacio vacío, entre dos calzadas, inerte, lastimado.
Al pasar los recolectores de basura, encontraron un cóndor muerto, al que junto a otros desperdicios le llevaron hasta el centro de procesamiento de basura, arrojándole en las proximidades de un pequeño arbusto.
De súbito empezó a sentir un fuerte dolor que le apretaba todo su cuerpo. Su cabeza le dolía tremendamente y daba vueltas a mucha velocidad, causándole un incontenible mareo. Quiso elevarse y sus extremidades inferiores fallaron haciéndole rodar por el suelo, y, al intentar estirar sus alas, sintió que estas no respondían, acrecentando su dolor.
El dolor que sentía era cada vez mayor, tanto por que iba recuperando sus sensaciones como por darse cuenta de su incapacidad para caminar o volver a encumbrarse por el azul del cielo.
Si supiera como llorar, el joven cóndor se hubiera deshecho en lágrimas. ¿Qué hacer?.
De manera inconsciente, el joven cóndor intentó superarse y buscar una solución. A pesar del dolor intenso que sufría, entre varias caídas y levantadas, alcanzó a refugiarse a la sombra del arbusto vecino, lo que aplacó en algo la intensidad de su terrible ansiedad, sed y dolor.
Bajo este techo temporal, sus horas pasaron entre estados de angustia, dolor e inconsciencia en la que era sumido, esta vez por la intensa la fiebre que comenzó a atacarle. Por la noche no tuvo calma, a pesar de una tenue llovizna que arreció sobre la ciudad y que refrescó la calentura del joven cóndor.
Su imposibilidad de movimiento le tuvo aprisionado por espacio de varios días, en los que la sed y necesidad de alimento le empezaron a atormentarle. Hubiera dejado de existir si no fuera que, por casualidad, al paso de un vehículo, fue dejado caer un pedazo de pan, el mismo que rodando fue a dar cerca del cóndor lastimado. Sacándole fuerzas a su enfermedad, por un instinto extraño, lo asimiló con alimento y logró tomarlo. Nunca había probado un bocado parecido, pero anta la falta de su comida, trató de ingerirlo, pudiendo hacerlo por estar algo remojado con el agua de lluvia. Esto le reanimó sus fuerzas y pudo soportar las horas siguientes.
Pasados varios días empezó a sentirse mejor, desapareciendo su fiebre y la intensidad del dolor. Ahora podía moverse con dificultad, aunque no pudo ni pararse, peor volar. Una de sus patas y las dos alas estaban rotas por lo que su sensación de incapacidad le causó una terrible depresión y angustia.
Debilitado enormemente por la falta de alimento y agua, el joven cóndor pasó días de sufrimiento, aunque, por milagro, se mantenía con vida.
DE REY A MENDIGO
Vuelto plenamente en su conciencia, descubrió que su incapacidad de movimiento le encadenaba al lugar en el que el destino le arrojó inclemente, debiendo permanecer en él a costa de su dolor y limitaciones. Así aprendió que en ese lugar, aparte de otras cosas, aparte de feo y maloliente, es posible encontrar sosiego y acomodo, algún alimento y espacio para sobrellevar su vía crucis.
Descubrió que entre montañas de basura, raspando y buscando, se podía obtener algún alimento que el hombre desechaba, y que entre hierros oxidados, pedazos de maderas y otros desperdicios, podía tener un nido tanto o más cómodo que aquel en que vio sus primeras luces, aunque imposible de sustituirlo.
En este lugar, disputando contra los perros, gatos y otras aves de rapiña, así como los menesterosos que se hacían presentes en pos de alguna sobra aprovechable, el joven cóndor se transformó en su residente obligado.
Ora lograba un pedazo de carne, ora unas sobras de pan, ora algunas migajas de golosinas, pero siempre existía alimento para todos los asiduos comensales que hurgaban el basurero.
Patojeando, colgadas y arrastrando sus rotas alas, fueron pasando los días. Al clarear el alba, su espíritu se estremecía recordando esas altas cumbres que muy temprano visitaba, esa blancura de los primeros rayos del sol que rompiendo la gasa de las nubes iban pintando de maravillosos colores, primero las cumbres, y luego todo el vasto suelo del que fue su dueño absoluto. Añoraba elevarse con cada brisa. Romper la paz del silencio con el silbar de sus plumas al viento. Desobedecer a la gravedad y planear por sobre los campos oteando a la distancia en busca de sus presas de caza.
Abría sus alas y apenas lograba que sus adoloridos huesos, con un sonido sordo, le causaran agudos dolores, sin alcanzar su propósito.
VIVIR CON LA MISERIA
Aquellos dolores insoportables habían desaparecido, sin embargo, la posibilidad de ser el “rey de los Andes” también. Para resistir el paso del tiempo y soportarlo mejor había adoptado una postura de encogimiento en la que pasaba la mayor parte del tiempo, asimilándose más bien a los gallinazos, y tratando de moverse lo menos posible. Casi siempre arrastraba desigualmente sus alas, por lo que el hermoso plumaje de otrora había desaparecido y en su lugar portaba un plumaje descolorido, desgastado y siempre lleno de suciedad.
Transcurría la mayor parte del tiempo, manteniéndose en esa posición y apenas moviéndose hasta encontrar algún alimento que recogía de aquel basurero.
Quienes lo veían, a veces sentían conmiseración de su vida, en otras, lo rechazaban por temor a recibir algún daño, siendo entonces repudiado.
A lo largo del tiempo sus heridas fueron restableciéndose, sus huesos, gracias a la inmovilidad en que permanecía, se juntaron y, aunque con pequeños defectos, estaba sano y en condiciones de rehacer su vida.
Pero, “la costumbre hace ley”, siguió llevando su vida ligado a aquel lugar y actuando de la forma que le había sido propicia para defenderse de los elementos de la naturaleza y sobrevivir, aunque bregando y luchando con otros habitantes del basurero para obtener un poco de comida, soportando la fealdad y pestilencia del lugar, que ya le era familiar.
LO QUE PRODUCE UN TERREMOTO
Vino a trastornar su modo de vida un hecho repentino. El hombre había decidido suprimir aquel basurero con el propósito de construir en aquel terreno uno de sus edificios. Vinieron los obreros con grandes camiones y asearon el lugar, dejando en un rincón solamente un montón de escombros entremezclados con cartones y maderas viejas.
La desgracia cayó sobre el cóndor que se sintió muy infeliz por no saber qué hacer ante esta situación. Tuvo que refugiarse entre los desperdicios amontonados, donde se mantuvo algunos días, pasando mucha hambre y sed, puesto que desapareció la fuente donde se proveía de alimento.
Uno de estos días, apareció una cuadrilla de trabajadores y sin fijarse mayormente en la necesidad ajena sino el fin inmediato del propietario del terreno, y, sin mediar en la presencia del cóndor, procedieron a incinerar lo que restaba del basurero.
Las llamas abrasaron de inmediato los materiales secos que ahí se encontraban, produciendo un terrible sofocamiento que por poco causa la muerte del cóndor. Fue cuando tuvo un nuevo impulso en su vida y haciendo un enorme esfuerzo, de entre las enormes llamas, batió sus alas y se alzó por el aire, nuevamente, causando una gran sorpresa de los trabajadores que no comprendían lo sucedido y del porqué un cóndor se encontraba en aquellos basurales.
OTRA VEZ EL CIELO
Con la fuerza del susto, no se dio entera cuenta de lo ocurrido ni de cómo había logrado remontar las llamas que amenazaban abrasarlo enteramente. Mientras se elevaba, aún con cierta dificultad, empezó a escuchar nuevamente el zumbido del viento, a sentir el romper del aire con sus alas, la luminosidad del claro cielo que inundaba con plenitud su espíritu.
Reaparecieron en su mente los recuerdo de su infancia, la figura paterna que a la distancia rompía el horizonte y poderoso cruzaba el firmamento llevando a sus polluelos una nueva presa, todos los días. Cómo su madre les cubría con su cuerpo dándoles calor y vida.
Decidió saborear su nuevo estado. Se elevó y elevó hasta las más insospechadas alturas desde donde contempló la extensa tierra, alcanzando su vista hasta al verde azuloso del imponente océano. Desde allí, las más elevadas montañas parecían pequeños cúmulos blanqueadas sus cimas, mientras que los grandes ríos eran cintas de encaje que adornaban el verdor de las campiñas. Que hermosa vista. Que agradables sensaciones.
Disfrutando de su verdadero ser, pasó mucho tiempo. Mucho tiempo. Hasta que ungido por el hambre y sed, decidió que era hora de buscar alimento.
Con su poderosa visión, desde lo alto del firmamento, descubrió su caza, había para escoger, de diversas formas y tamaños. Descubrió que para aplacar su sed estaban los ríos que descendían desde las más altas montañas. Que para sofocar su cansancio no existía un reducto, como la guarida de aquel basurero, sino, todo el amplio horizonte de elevadas cumbres, donde sus riscos, que al amanecer y atardecer se tiñen de dorado, como imponentes balcones, ofrecen por compañía la suave brisa y la perpetua hermosura del valle.
Y sintió que había renacido, que otra vez era un cóndor y que su pasado no era más que una sombra de un mal recuerdo.
* Este cuento, realizado como un ensayo, tiene el objetivo de posibilitar el rescate de quienes se encuentran en situaciones de depresión económica que les lleva a vivir sumidos en un submundo ajeno a sus principios y valores
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